La mente desafinada: coherencia acústica y trastorno esquizoafectivo

Por Fernando Andrés García Atencia
Doctor en Humanidades y Artes con mención en Educación (título en trámite)
Docente Investigador y Compositor

Introducción

Aunque provienen de contextos distintos, todas estas miradas convergen en un punto central: la existencia es, en esencia, un fenómeno acústico. Nos proponen un entramado de frecuencias donde cada ser actúa simultáneamente como un emisor y un receptor. La vida humana, al ser parte integral de esta vasta red sonora, depende de una sintonía fina (una coherencia interna y externa) para mantener su equilibrio. Si esa sintonía se altera, la desincronización resultante puede expresarse como enfermedad o desorden.

Desde esta perspectiva, el trastorno esquizoafectivo podría interpretarse (más allá de su estricta definición clínica) como una manifestación simbólica de esta pérdida de coherencia acústica. Representaría, en esencia, una ruptura profunda entre la vibración interna del individuo y la resonancia de su entorno vital.

1. La coherencia acústica de la vida

Cuando hablamos de coherencia acústica, nos referimos esencialmente a la capacidad que tienen los sistemas vivos para mantener sus diversos procesos internos en una sincronía rítmica. Pensemos en el corazón, el cerebro y la respiración: actúan como un conjunto de osciladores biológicos que, al operar en armonía, son la base de la homeostasis y el bienestar general (McCraty & Childre, 2010).

Esta organización rítmica no es un sistema cerrado; se extiende e interactúa con el entorno. Los organismos vivos se adaptan constantemente a los ciclos naturales que los rodean, como los de la luz, la temperatura y, por supuesto, el sonido. Es lo que Capra (1996) definió como una «red de interdependencia dinámica».

Por lo tanto, el equilibrio psicofisiológico de una persona no puede entenderse como un fenómeno aislado. Es, más bien, el producto de una interacción fluida y armónica entre el organismo y su ambiente acústico. El campo de la ecología sonora, impulsado por Schafer (1994), refuerza esta visión al sostener que cada ecosistema posee un «paisaje sonoro» particular que refleja directamente su estado de salud. El ser humano, al habitar ese ecosistema, se convierte en parte integral de dicho tejido vibracional.

En última instancia, la coherencia acústica no solo es fundamental para sostener la vida biológica, sino que también alimenta la experiencia simbólica de sentirnos parte del mundo.

2. La ruptura de la resonancia: esquizoafectividad y disonancia del ser

Clínicamente, el trastorno esquizoafectivo se define por una difícil combinación: la presencia simultánea de síntomas psicóticos (como delirios o alucinaciones) junto a alteraciones graves del estado de ánimo (American Psychiatric Association [APA], 2022). Aunque la investigación suele atribuir sus causas a factores como disfunciones dopaminérgicas o desregulaciones neuroquímicas, la experiencia vivida por el paciente (su dimensión fenomenológica) invita a una lectura más profunda.

Si retomamos la perspectiva de la coherencia acústica, podemos interpretar la esquizoafectividad como una profunda disonancia interior. Representa una pérdida de sincronía entre los sistemas oscilatorios del propio organismo y el entorno que lo rodea. Esta idea no es puramente metafórica; de hecho, resuena con hallazgos de las neurociencias contemporáneas. Investigaciones sobre trastornos psicóticos han demostrado alteraciones reales en la conectividad neuronal y en la sincronización de las ondas cerebrales (Uhlhaas & Singer, 2010).

Visto simbólicamente, esta desincronización equivale a un «instrumento desafinado»: el yo pierde la capacidad de resonar con la melodía compartida de la realidad. La persona con este trastorno experimenta voces, ecos o presencias que resultan imposibles de integrar. Esto parece ocurrir porque su sistema perceptivo ha perdido la frontera armónica que normalmente separa lo interno de lo externo.

Por lo tanto, la fragmentación de la experiencia es una expresión directa de esa pérdida de resonancia con el «campo sonoro» de la vida. La enfermedad deja de ser vista únicamente como un fallo neuronal para manifestarse también como una crisis ontológica de sintonía.

    3. El ruido del mundo y la enfermedad de la escucha

    Esta pérdida de coherencia acústica no es un problema puramente individual; se extiende y afecta profundamente al entorno cultural. Vivimos en una modernidad que ha generado una saturación sonora sin precedentes. El ruido constante del tráfico, la maquinaria, los innumerables dispositivos electrónicos y la música industrial conforman un velo acústico que, como señala Krause (2012), termina por enmascarar los sonidos naturales.

    Este fenómeno, al que Schafer (1994) se refirió como un ‘lo-fi soundscape’ (paisaje sonoro de baja fidelidad), no es inofensivo: desordena activamente los equilibrios acústicos y tiene la capacidad de alterar nuestra percepción sensorial.

    En un contexto así, la metáfora de la «mente desafinada» cobra más fuerza, viéndose como un reflejo directo de un «mundo igualmente desafinado». En el momento en que una civilización, en su conjunto, deja de prestar oído a los ritmos de la naturaleza, el individuo pierde ese anclaje o referencia de resonancia que le permitía sentirse integrado. Visto así, el trastorno esquizoafectivo podría entenderse no solo como un problema individual, sino como la expresión patológica de una sociedad entera que está desincronizada; una sociedad que ha roto su diálogo sonoro fundamental con la tierra.

    Esta «atrofia de la escucha colectiva» tiene consecuencias directas, conduciéndonos a una notable pérdida de sensibilidad, tanto hacia las demás personas como hacia el entorno. Filosóficamente, lo que está en juego es la erosión del vínculo vital entre lo que Merleau-Ponty (1964) llamó el «yo resonante» y la concepción del mundo como un «cuerpo sonoro compartido» por todos.

    4. Restablecer la armonía: hacia una ética de la escucha

    La restauración de la coherencia acústica exige una transformación en la forma de habitar el sonido. En el plano terapéutico, prácticas como la musicoterapia, la respiración coherente o la meditación sonora buscan restituir la sincronía entre cuerpo, mente y entorno (Trondalen, 2016). En el plano filosófico, esta tarea implica reaprender a escuchar: no solo los sonidos del mundo, sino también el silencio interior que permite su comprensión.


    Conclusión

    Visto desde un plano simbólico, el trastorno esquizoafectivo representa, en esencia, una desintonización del espíritu humano. El concepto de «mente desafinada» trasciende así lo puramente clínico; se convierte en una poderosa metáfora de la ruptura entre el ser humano y la resonancia misma de la vida.

    Al abordarlo desde la perspectiva de la coherencia acústica, logramos ampliar el horizonte del pensamiento psicopatológico. Esto nos abre a una visión mucho más integradora, una donde la biología, la cultura y la filosofía no se ven como campos separados, sino como hilos que se entrelazan en una misma partitura.

    Esta idea de la coherencia acústica de la vida nos deja un recordatorio fundamental: sanar es, en gran medida, volver a escuchar. En un mundo que se percibe cada vez más ruidoso y fragmentado, el simple acto de sintonizar (tanto con los ritmos naturales como con los otros) se transforma en un verdadero acto de resistencia. Se trata de la búsqueda de esa armonía perdida que, quizás, aún resuene en lo más profundo del silencio humano.

    Referencias

    American Psychiatric Association. (2022). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (5.ª ed., texto revisado; DSM-5-TR). American Psychiatric Publishing.
    Capra, F. (1996). La trama de la vida: Una nueva perspectiva de los sistemas vivos. Anagrama.
    Krause, B. (2012). The Great Animal Orchestra: Finding the Origins of Music in the World’s Wild Places. Little, Brown and Company.
    McCraty, R., & Childre, D. (2010). Coherence: Bridging personal, social, and global health. Alternative Therapies in Health and Medicine, 16(4), 10–24.
    Merleau-Ponty, M. (1964). El ojo y el espíritu. Paidós.
    Schafer, R. M. (1994). The Soundscape: Our Sonic Environment and the Tuning of the World. Destiny Books.
    Trondalen, G. (2016). Music is about feelings: Music therapy with a young man suffering from psychosis. Nordic Journal of Music Therapy, 25(sup1), S39–S56. https://doi.org/10.1080/08098131.2015.1008425
    Uhlhaas, P. J., & Singer, W. (2010). Abnormal neural oscillations and synchrony in schizophrenia. Nature Reviews Neuroscience, 11(2), 100–113. https://doi.org/10.1038/nrn2774

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